Cómo conseguir una democracia real, y por qué nos cuesta tanto conseguirla (1ª parte)

Nos hemos educado en una idea errónea de lo que es la democracia. Por definición, una democracia otorga la soberanía directamente al pueblo. Al menos, se entendía así hasta finales del siglo XVIII. La naturaleza de ese sistema de gobierno del pueblo, sin intermediarios, se estudiaba en los ámbitos ilustrados como una rareza dentro de los diferentes sistemas de gobierno que habían funcionado hasta la fecha. Y es que, la auténtica democracia sólo se había dado una vez en la historia y fue en la Atenas de la Grecia Clásica.

Los intelectuales de la ilustración querían un gobierno para el pueblo pero no tenían claro si hacerlo con o sin el pueblo. Por una parte se pretendía acabar con el despotismo pero tampoco se quería ir demasiado lejos convencidos de que era mejor alejar al pueblo de la toma de decisiones. Las revoluciones liberales que se iniciaron a finales del siglo XVIII fueron el germen de los sistemas de gobierno representativo que sustituyeron progresivamente a las monarquías absolutistas. Las nuevas circunstancias políticas permitieron explorar nuevas formas de gobierno, por lo que no tardaron en fijarse en las formas clásicas; Atenas y la Roma republicana aparecían como los primeros referentes.

Sin embargo, la idea de instaurar auténticas democracias quedó finalmente aparcada por los intereses de la élite burguesa que, una vez en el poder, quiso asegurarlo para sí. Los sistemas de gobierno representativo, en un claro ejemplo de usurpamiento terminológico, acabaron por llamarse democracias. De ahí que gran parte de nuestras reticencias a mejorar el sistema de gobierno provengan de esa trampa lingüística con la que nos han confundido.

Glosarios sobre teoría política AQUÍ.

Formas puras de gobierno y sus formas degeneradas

Basándonos en el criterio cuantitativo, que ya estableciera Aristóteles en el siglo IV a.C, podemos dividir los sistemas de gobierno en tres grupos, autocracias, oligarquías y democracias. Gobierno de uno, de pocos y de muchos ( demos = pueblo ).

Aristóteles y los pensadores que le siguieron separaron también las formas de gobierno entre puras y degeneradas. Este era un criterio cualitativo, según el cual, las formas puras defendían el bien común y las formas degeneradas el interés propio.

Vamos a dejar de lado las autocracias (dictaduras o monarquías), pues son modelos ya superados y desde luego no deseables, para centrarnos en las oligarquías y las democracias, ya que las primeras son las formas dominantes de gobierno y las segundas el ideal que querríamos alcanzar.

Empezaremos con una afirmación rotunda. Nuestro sistema de gobierno representativo es una oligarquía. Si nos ceñimos al criterio cuantitativo vemos que quienes ostentan el poder o están en capacidad de hacerlo son unos pocos en relación a la población que gobiernan. Respecto al criterio cualitativo, queda claro que, mayormente, no han gobernado para el interés general sino para el interés personal, partidista o corporativista. Es evidente que no han sido gente de muchas luces, pues nos han arrastrado a conflictos bélicos terribles (Guerra de Irak), no han sabido gestionar en absoluto las crisis, han derrochado en cosas que no hacían falta y no han invertido allí donde sí se necesitaba, se han plegado a los intereses extranjeros y han malvendido el país favoreciendo a sus amigos y familiares. En definitiva, han fallado al pueblo.

 

Aristocracia y Oligarquía

El significado clásico del término aristocracia es “gobierno de los mejores” (aristos). Típicamente, los cargos aristócratas se renuevan mediante una combinación de mecanismos de elección y cooptación. Descubrimos aquí que, teóricos de la política tan importantes como Aristóteles, Montesquieu o Bernard Manin reconocen que las elecciones son aristocráticas[1][2]. En la Grecia clásica, Esparta usaba la elección para el nombramiento de sus cargos principales, incluidos sus dos diarcas (Esparta era una diarquía, dos reyes, aunque contaba con otros organismos elegibles como los éforos[3]). Por el contrario, Atenas, precisamente por pretender ser una auténtica democracia, rehusó la elección en pos del sorteo como mecanismo principal de designación para la mayor parte de sus magistraturas.

Aristóteles entendió a la oligarquía como la versión degenerada de la aristocracia. El gobierno oligarca sigue siendo un gobierno de pocos pero en este caso ni son los mejores ni gobiernan para el interés general. Tanto él como su antecesor, Platón[4], repudiaron a la democracia, ya que ellos consideraban que el gobierno ideal debería estar formado sólo por las mentes más lúcidas (en la época, los filósofos, grupo al cual ellos pertenecían).

Trasladando el concepto de aristocracia a la actualidad vemos que típicamente se dan dos tipos de sistemas aristocráticos. Los gobiernos representativos y los tecnócratas.

El gobierno representativo

Los sistemas representativos aspiran a reproducir en una cámara (de representantes, se entiende) las distintas visiones e ideologías del país. Aunque el ideal sería una representación perfectamente proporcional y que contemplase todos los matices, la realidad es que, por sus características, estos sistemas incurren en una gran simplificación.

Según Bernard Manin[5], son cuatro las características básicas que definen a todo gobierno representativo. 1- Los gobernantes son elegidos por los gobernados a intervalos regulares. 2- Los gobernantes conservan, en sus iniciativas, un margen de independencia en relación a los gobernados. 3- Una opinión pública sobre los temas políticos puede expresarse fuera del control de los gobernantes. 4- La decisión colectiva es tomada al término de la discusión.

El punto 1 es el sufragio; el 2, el consentimiento de los gobernados; el 3, las libertades civiles (de expresión, de asociación, de manifestación…); el 4, la deliberación o negociación necesarias antes de la aprobación de una ley.

Uno de los puntos centrales que explican la crisis creciente de los sistemas representativos es justamente el punto 2. El consentimiento de los gobernados conlleva que no haya límites para el poder de los gobernantes durante su mandato. En algunos casos, como en España, ese poder permite incluso modificar la constitución sin necesidad de consultar al pueblo.

Hay dos grandes grupos de gobiernos representativos según sea el sistema de elección de parlamentarios: mayoritario o proporcional. Ambos tienen virtudes y defectos. Además, dentro de ambos tipos hay numerosos subtipos según reglas de reparto, mínimos de acceso, tamaño de circunscripciones, número de representantes, etc. Aquí, advertimos un gran hándicap de los gobiernos de representación: que, realmente, no existe un sistema de elección perfecto. El sistema proporcional da mayor importancia a los partidos, por encima de los candidatos individuales. Esto tiene factores positivos, un mayor pluralismo ideológico, pero también tiene otros negativos, los acuerdos parlamentarios se llevan a cabo mediante negociación entre partidos. Por el contrario, los sistemas mayoritarios tienden a reforzar aún más el bipartidismo, pero, dada la mayor independencia de los parlamentarios, existe cierto grado de deliberación a la hora de discutir y aprobar las medidas. Un defecto más de los mayoritarios es su elevada dependencia del diseño de los distritos electorales.

En ese sentido, la deriva hacia un sistema partitocrático es mayor en los sistemas proporcionales que en los mayoritarios. Por el contrario, en los mayoritarios la homogeneidad ideológica se da aún de forma más acusada. En ambos casos, la cooptación y la pertenencia a las élites suelen ser factores decisivos para escalar puestos y llegar a ser candidatos. Así, mientras que en los sistemas proporcionales la cooptación tiene más peso, los mayoritarios tenderían a ser más elitistas, ya que las campañas prácticamente son unipersonales, lo que da una clara ventaja a aquellos ciudadanos con mayores recursos.

 

Sin embargo, las características de los sistemas de elección terminan por ser aspectos circunstanciales, una falsa pista que nos distrae de la cuestión esencial: la inexorable tendencia al bipartidismo y al turnismo sin fin. Eso genera una sensación en el ciudadano de que da lo mismo a quién se vote, que nada importante cambiará. Lo cierto es que el poder del dinero ha logrado corromper la naturaleza original de los gobiernos representativos, sean estos mayoritarios o proporcionales, y esa realidad observable no debería ser obviada.

Así, podemos afirmar que, la gran paradoja del gobierno representativo es que nunca logra ser representativo de la sociedad. De ahí la creciente desafección política.

El gobierno tecnócrata

Como dice la palabra, se trata de un gobierno de técnicos, de expertos. Ante la decadencia de la clase política y el resultado nefasto de sus medidas recientes no son pocas las voces que piden que los políticos acrediten conocimientos, que pasen algún tipo de examen u oposición. Algunos van más allá y hablan abiertamente de la conveniencia de sistemas de gobierno con filtros de aptitud tan rígidos que los hagan solo aptos para expertos o sabios en ciertas materias. Ese pensamiento considera que los partidos son una parte del problema, por lo que busca su reducción o eliminación no por ser poco democráticos sino por ser ineficaces en la resolución de los problemas.

Los gobiernos tecnócratas pueden darse por imposición si hay algún poder superior interno, un dictador, o un poder supranacional que lo imponga, ya sea por derecho de conquista o por sumisión voluntaria. Sería el caso de los administradores impuestos por Pinochet en Chile o por Franco en España. También lo sería el caso de Monti en Italia o Venizelos en Grecia quienes accedieron al poder por imposición de la Unión Europea[6].

Otras formas de gobernanza tecnocrática irían desde los modelos de partido único, en los que la cooptación por afinidad ideológica era el principal medio de acceso a la cúpula dirigente, hasta los sistemas de representación doble o triplemente indirecta. Esto sería la propia Unión Europea en la que la mayor parte de sus organismos son constituidos por representantes elegidos por representantes.

Lo que todos los gobiernos tecnócratas tienen en común es una fuerte desconexión entre ciudadanía y gobernantes. La situación se agudiza cuando se parte de unos gobiernos representativos ya muy deslegitimados.

El paso hacia la verdadera democracia

Hemos dicho antes que los gobiernos representativos pueden imponer sin problemas las medidas que quieran porque cuentan con el consentimiento de los gobernados. Esto actualmente es así; es más, nuestra propia constitución impide explícitamente el mandato imperativo[7] en su articulado; en cambio permite su modificación sin necesidad de ser refrendada por el pueblo, tal y como ocurrió con la reforma de 2011 pactada entre PP y PSOE[8]. Con todas esas piezas juntas y teniendo en cuenta que los intereses de los grandes partidos, con el tiempo, ya se han entremezclado, tenemos como resultado un auténtico poder absoluto plutocrático con intereses que van mucho más allá de los meramente políticos. La creciente desafección hacia las instituciones políticas no es una intuición, es un hecho objetivo tal y como ilustra la reciente evolución de los datos del CIS.

Esta tendencia no hace sino demostrar que el consentimiento de los gobernados, requisito básico para que todo gobierno representativo pueda funcionar con legitimidad, está tambaleándose. La deriva tecnócrata es consecuencia de esa dinámica, porque, si no puedes disimular la falta de democracia ¿para qué intentar seguir fingiendo? Cuando eso sucede, la legitimidad se derrumba y el gobierno solo tiene una vía para seguir imponiendo su ley, establecer un estado policial. Pero eso no es más que una huida hacia adelante esperando que los problemas se resuelvan por sí solos y la tensión social amaine. Cabe preguntarse, en cambio, ¿qué ocurre cuando una masa suficientemente grande de los gobernados reniega de su consentimiento respecto al gobierno de la clase dirigente?

Vivimos tiempos convulsos, se está gestando una tormenta perfecta que podría desencadenar una drástica ruptura con el antiguo régimen, un cambio revolucionario hacia un nuevo orden social. Estas situaciones, son breves ventanas de tiempo en las que casi todo es posible, incluido el empoderamiento ciudadano. Las mismas revoluciones liberales se dieron en momentos turbulentos como el actual, también la revolución de la plebe en Roma y, por supuesto, lo fueron los tiempos en los que Solón estableció muchas de las bases de la democracia ateniense, inicialmente censitaria, (timocracia).

Su Constitución del año 594 a. C. implicó una gran cantidad de reformas dirigidas a aliviar la situación del campesinado asediado por la pobreza, las deudas (que en ocasiones conducían a su esclavización) y un régimen señorial que lo ataba a las tierras de su señor o lo conducía a la miseria.

De: http://es.wikipedia.org/wiki/Sol%C3%B3n

En este fragmento sobre las reformas de Solón basta substituir campesinado por clase media y señor por banco para comprender que no estamos en una situación muy distinta.

Si asumimos que una democracia es un sistema en el que el poder está otorgado al pueblo en su conjunto, entonces ésta sólo se da cuando existe una capacidad de participación directa de todo ciudadano en igualdad política real con el resto de sus conciudadanos.

Primero demostramos que los sistemas de gobierno representativo eran oligárquicos por definición y luego por qué nuestro sistema no es una auténtica democracia. Ni tenemos igualdad política ni capacidad de participación directa. Y la elección, por sí sola, ya hemos explicado que es aristocrática, puesto que solo nos permite elegir entre unos oligarcas y otros. No existe igualdad política porque, para empezar, existe una clase política que tiene mayores capacidades de participación que nosotros, que puede decidir sobre nosotros con total impunidad, sin necesidad de rendir cuentas ante nadie. Por último, grandes empresas y grandes fortunas tienen una capacidad de influencia mayor pudiendo condicionar todo tipo de políticas para que se avengan a sus intereses.

Una verdadera democracia trasladaría el sentir ciudadano en forma de decisiones que contentaran a una mayoría amplia de la sociedad en pos del interés general. Una verdadera democracia potenciaría el pluralismo, el control ciudadano de la administración, la deliberación, la participación y la búsqueda del consenso.

El uso de asambleas locales, referéndums, cámaras ciudadanas sorteadas y jurados populares, así como una rápida rotación de los cargos, todos ellos revocables, sí es democracia[9]. Hace tiempo que se sabe que grupos elegidos al azar, con diversidad de opiniones y aptitudes e independencia entre ellos, toman decisiones más sensatas y acertadas que grupos de sesudos expertos quienes, inevitablemente, acaban siendo juez y parte en la valoración del problema[10]. La realidad es tozuda, y nos demuestra que los sistemas basados solo en la elección derivan irremisiblemente en oligarquías corruptas que en nada defienden el interés general. Miremos a nuestro alrededor y veremos que prácticamente no hay país que no haya caído en estos vicios. Eso genera una sensación de impotencia en el ciudadano, de que da lo mismo a quién se vote, que nada importante cambiará.

En resumen, toda democracia está formada por instituciones que, en combinación, dan el poder al pueblo y no a una minoría. En una democracia, el Estado no es percibido como algo ajeno y hostil sino como algo que pertenece a toda la sociedad y que está a su servicio. Se ha explicado cómo la elección, por sí sola, no es capaz de dar el poder a la mayoría, mas al contrario, es un mecanismo ideal para asegurar el poder en manos de una minoría. Eso, naturalmente no significa que no se puedan combinar mecanismos de elección con otros mucho más potentes y que juntos, sí otorgan auténtica igualdad política y empoderamiento ciudadano. Los referenda, el sorteo, la revocabilidad de los cargos, las asambleas locales y tal vez, en un futuro no muy lejano, la democracia electrónica.

 

OBJECIONES AL CAMBIO HACIA LA DEMOCRACIA

 

Objeción 1:  El problema no son las instituciones, es la clase política

Existe un discurso crítico con el cambio institucional que afirma que las fallas no son tanto del sistema político como de la clase política. Que son nuestros políticos los que han pervertido las instituciones y sus funciones originales. Sin embargo, eso es obviar un hecho cierto e incontestable: si han pervertido el sentido de las instituciones es porque podían hacerlo, porque la reglamentación se lo ha permitido. De la misma forma, si existe clase política es porque tenemos unas instituciones y un sistema que lleva a ello inevitablemente[11].

El poder absoluto siempre ha estado ahí; solo que no somos conscientes de él más que en momentos muy concretos en los que se manifiesta con todo su descaro. Por ejemplo, con la participación de España en la Guerra de Irak, cuando Zapatero dio un giro a su política social por una de recortes, o cuando Rajoy, nada más salir elegido, se puso a hacer políticas contrarias a las que había prometido en campaña. Son pequeñas muestras de un problema mucho más profundo que tiene su origen no en los gobernantes sino en las instituciones.

Lo que todos deseamos es el buen gobierno. Estos últimos años hemos visto los efectos de dejar en manos ajenas al pueblo una responsabilidad que no sólo debía ser de los gestores políticos sino también nuestra, aunque, hasta ahora, no nos dejen asumirla. El déficit democrático siempre ha existido, pero las crisis son las que ponen de manifiesto las carencias del sistema y las que hacen que la gente tome conciencia de ellas. Ha sido muy cómodo confiar el gobierno a unos oligarcas que supuestamente obraban en beneficio del interés general. Ahora es muy duro darse cuenta de que sus intereses eran meramente personales, partidistas o corporativistas. El mal gobierno presente lo deja todo en evidencia.

Algunos dicen que los países nórdicos, con instituciones muy similares a las nuestras, no están sufriendo esta situación. Es cierto, por varios motivos. El primero es que sus instituciones, aunque similares, ya son mejores que las nuestras. La transparencia política y las leyes eficaces que sí hacen cumplir dificultan mucho más la corrupción, y sólo eso ya es un gran logro. Finalmente, a esos países la crisis económica quizá no les ha afectado tanto porque tuvieron en el pasado una sucesión de buenos gobiernos que reforzaron los estados del bienestar muy por encima del resto de países que ahora sí padecen la crudeza de la crisis.

Pero, ¿el buen gobierno es sinónimo de democracia? Evidentemente no. El Imperio Romano también tuvo buenos emperadores. La diferencia estriba en la probabilidad de que esos sistemas puedan degenerar y corromperse. La democracia mejora la probabilidad del buen gobierno, no es que nuestros políticos sean todos malas personas, es que nuestras instituciones son malas y favorecen legislaciones y comportamientos que benefician a las oligarquías

Urge pues reformar las instituciones que favorezcan el buen gobierno, el interés general y el bien común. haciendo que este sea la norma y no la excepción. En los siguientes capítulos iremos profundizando en cómo podrían ser dichas instituciones.

Objeción 2:  Estamos en el mejor sistema de los posibles, cambiar sería emperorar

Frecuentemente, se ha considerado que nuestros regímenes son democráticos porque tienen libertades civiles (libertad de expresión, de manifestación, de asociación…). Es erróneo pensar así. Las libertades civiles son consustanciales a la democracia, es cierto pero también lo son de los gobiernos representativos, tal y como ya se ha dicho. Lo que de verdad caracteriza a la democracia es la igualdad política y el empoderamiento directo, la certeza de que el poder es ejercido directamente por el pueblo, sin intermediarios, en igualdad. Observemos sino qué pronto las oligarquías revelan su verdadera cara reduciendo esas mismas libertades civiles en cuanto la voluntad del pueblo no puede ser dominada mediante los mecanismos tradicionales (consumismo, circo y medios de desinformación). Si lo hacen, es porque pueden. De ahí la famosa afirmación de que si votar sirviera de algo, no nos dejarían votar.

Existe un silogismo tramposo que asevera que estar en contra del sistema político vigente es querer retroceder a tiempos anteriores en los que las libertades no estaban permitidas. Que el propio Parlamento fue un logro para la gente y estar en contra de él es estar en contra de la democracia. Bien, en primer lugar no se está en contra de los parlamentos en sí mismos sino de las personas que se sientan en ellos y de unas estructuras que favorecen el mal gobierno. Es evidente que los parlamentarios ya no representan a la sociedad que gobiernan porque son elegidos mediante mecanismos trucados y porque invariablemente el grupo elegido defiende a las élites. Son hechos, no teoría. Lo que se busca es cambiar el sistema para avanzar; se asumen las libertades y derechos adquiridos, pero se quiere ir más allá. El despotismo ilustrado (todo para el pueblo pero sin el pueblo) ha demostrado ser inadecuado y más en el contexto actual. Pero sembrar miedo a los cambios es un recurso del poder para reforzar el inmovilismo, ya que tienen mucho que perder. El hecho es que, ya sin hacer nada, se están perdiendo esos derechos. Así pues, cabe preguntarse si no es más peligroso quedarse quieto que empezar a actuar ya mismo, hoy mejor que mañana y ayer mejor que hoy.

 

Objeción 3: Hay partidos que ya quieren cambiar el sistema, basta ayudarles a vencer

Muchos piensan que ya hay partidos con la intención y las capacidades de cambiar las cosas. Negamos la mayor. Si pensamos que los problemas que padecemos como sociedad se van a resolver solo cambiando el partido de gobierno es que aún no entendemos la dimensión del problema. Llegados a este punto cabe preguntarse qué es lo que queremos, un cambio a medias, que siga manteniendo el frentismo social imperante, o un cambio auténtico en el que una amplísima mayoría nos sintamos partícipes.

 

Los hechos demuestran que confiar el cambio a unas pocas personas siempre decepciona. Todos recordamos cómo Zapatero dio de golpe su giro copernicano en las políticas sociales. Cómo los diputados del PSOE que se querían oponer al cambio constitucional (cosa que habría forzado un referéndum) fueron presionados para que no lo hicieran o cómo Papandreu, cuando osó promover un referéndum sobre las condiciones del rescate en Grecia, acabó siendo presionado para que lo retirara y dimitiese. Y el mismo Julian Assange, encerrado y anulado en la embajada ecuatoriana en Londres. Todas las personas, por honestas que sean, tienen un punto débil. Existe el soborno, las amenazas, el chantaje, la coacción y todo tipo de presiones imaginables. El poder de las élites mundiales no tiene límites y va a poder con cualquier líder que les pongamos delante, lo van a destrozar. A estas alturas, todos deberíamos haber aprendido que el poder es una losa demasiado pesada y a la vez corruptora como para dejarla en manos de unos pocos. Por no hablar de que es muy fácil que acabe en las manos equivocadas. No, hemos de ser todos nosotros, pueden contra unos pocos pero no si vamos todos, si nos organizamos juntos. El poder ha de ser ciudadano, y por ello hemos de repartirlo entre todos por igual. Ningún partido del establishment, por revolucionario que sea, querrá eso, porque el poder para el pueblo supone dejarles poco margen de influencia para imponer sus ideas.

* * *

CONCLUSIÓN

El pueblo debe tomar conciencia de que no vive en una democracia sino en una oligarquía y debe entender que, o él asume la responsabilidad de autogobernarse mediante mecanismos democráticos o lo harán otros por él. No debe tampoco temer nada, son nuestros gobernantes quienes deben temer a un pueblo que ansía libertad para gobernarse e igualdad política real; en resumidas cuentas, democracia. Asumida esta realidad, debe darse cuenta de que ha llegado el momento de una lucha decisiva, la lucha por empoderar al pueblo, por empoderarse a sí mismo y al conjunto de los seres que le rodean. Nunca hubo tantas posibilidades intelectuales y tecnológicas que permitiesen el autogobierno de las sociedades sin necesidad de grandes líderes que decidan en su nombre. El cambio, ahora más que nunca, no sólo es posible sino que es imprescindible.

Referencias

[1]  Godoy Arcaya, Óscar. “Representación y democracia.” Revista de Ciencia Política 21.2 (1999): 18-68.

[2] “Los Principios del Gobierno Representativo – MANIN – Scribd.” 2011. 10 Oct. 2012 <http://es.scribd.com/doc/19951158/1Gobierno-Representativo-MANIN>

[3] “El estudiante de Historia: Los Éforos espartanos.” 2007. 10 Oct. 2012 <http://elestudiantedehistoria.blogspot.com/2007/09/los-foros-espartanos.html>

[4] “Crítica de Platón a la democracia – El Laberinto …” 2011. 11 Oct. 2012 <http://laberintoinvisible.blogspot.com/2011/09/critica-de-platon-la-democracia.html>

[5] Manin, B. “La democracia de los modernos. Principios del gobierno representativo” 2011. <http://fadeweb.uncoma.edu.ar/carreras/materiasenelweb/abogacia/derecho_politico_II/biblio/unidad3/Manin%20Principios%20del%20gobierno%20representativo.pdf>

[6] “Europa vende su alma a la tecnocracia para sobrevivir a la crisis de …” 2011. 12 Oct. 2012 <http://www.rtve.es/noticias/20111113/crisis-deuda-contagia-democracia-europea/474675.shtml>

[7] “¿Qué es el mandato imperativo? | Representación Real Ya.” 2011. 13 Oct. 2012 <http://representacionrealya.es/?p=101>

[8] “El nuevo artículo 135 | Política | EL PAÍS.” 2011. 13 Oct. 2012 <http://politica.elpais.com/politica/2011/08/26/actualidad/1314314619_582841.html>

[9] “Yves Sintomer – Empujar los límites de la democracia participativa.” 2006. 16 Oct. 2012 <http://www.sintomer.net/publi_sc/EMPUJAR_LOS_LIMITES_DE_LA_DEMOCRATIA_PARTCIPATIVA.pdf.pdf>

[10]  “Accidental Politicians: How Randomly Selected Legislators Can …” 2011. 15 Oct. 2012 <http://unict.academia.edu/AndreaRapisarda/Papers/454903/Accidental_Politicians_How_Randomly_Selected_Legislators_Can_Improve_Parliament_Efficiency>

[11] “Razón y política 2.0: La inevitabilidad de la clase política en los …” 2012. 13 Oct. 2012 <http://razonypolitica.blogspot.com/2012/09/la-inevitabilidad-de-la-clase-politica.html>

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  1. #1 por Sun Brider el octubre 21, 2012 - 9:41 am

    Mientras no se reconozca al Individuo como eslabón social mínimo, el LEGISLADOR elaborará leyes contra él. Menguando sus facultades políticas, liquidando su Copropiedad Estatal, SOMETIÉNDOLO y ENDEUDÁNDOLO a él y a sus descendientes. El Rey, la Iglesia y las oligarquías dirigentes RECHAZAN NUESTRO RECONOCIMIENTO. Debemos denunciarlos por ALTA TRAICIÓN y exigir REPARACIÓN. España pertenece al pueblo, no a los ladrones. Sun Brider 191012

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